Hay decisiones que nos llevan al borde del abismo, o no, hay decisiones que nunca debimos tomar, o que debimos tomar hace tiempo tambien hay días que mejor habríamos hecho no levantándonos de la cama, o no acostándonos el día anterior, o emborrachándonos hasta perder la conciencia.
Hay decisiones que lo cambian todo, decisiones opacas que se disfrazan de niebla pesada y gris que cae y te envuelve y te desampara y te aísla y te desespera porque nada puedes ver a través de ella, porque nada puedes ver a través de ellas aunque te dejes los ojos tratando de vislumbrar la naturaleza de lo que detrás de ellas se esconde, intentando adivinar si será mejor o peor que lo que la última decisión trajo consigo, que lo que ahora tienes, que lo que podrías tener si no pronunciaras esas palabras que mejor harías en pronunciar y que ya asoman por la comisura de los labios, a punto de cristalizar y cobrar forma, su camino franco, decisiones que en una fracción de segundo viajan desde el cerebro hasta la boca, que la abandonan y atraviesan el espacio que las separa de los oídos ajenos, el espacio que separa, para siempre o no, un pasado y un futuro, que hasta ese momento habían sido una, decisión que nos hace abandonar un camino para tomar otro, con consecuencias inesperadas que esperan pacientemente a la vuelta de una esquina que nuestra vista no llega siquiera a atisbar.
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